Convertirse en madre: la crisis evolutiva de la que nadie habla
Hablar de maternidad no es solo hablar de la mujer que gesta, sino del sistema que se transforma con ella: la pareja, la familia de origen, los hijos previos y la sociedad. Cuando un bebé nace, emerge una nueva forma de mirarse y pensarse. La mujer se refleja en un sistema que le devuelve la mirada a través de expectativas, cuidados o abandonos, pero también a través de las voces de su propia historia transgeneracional, reactivando lealtades y mandatos sobre lo que “debería” ser una madre.
Convertirse en madre implica una reconfiguración profunda en todas las dimensiones: personal, de pareja y profesional. Esta transición dispara una crisis sistémica que toca todos los subsistemas simultáneamente, exigiendo una reorganización de roles, fronteras y jerarquías en la estructura familiar.
Para nombrar este proceso, la antropóloga Dana Raphael desarrolló el concepto de matrescencia: una transformación tan intensa como la adolescencia, pero culturalmente invisibilizada. No es un evento, es un proceso del ciclo vital que, como todo cambio, implica pérdida, incertidumbre y un duelo necesario por la identidad anterior antes de alcanzar un nuevo equilibrio.
La maternidad habita una complejidad biológica y emocional que desafía la idealización. Existen madres que sienten que se perdieron a sí mismas; madres donde el amor convive con el miedo, la culpa y el agotamiento. En circunstancias extremas, como la prematuridad, la enfermedad o la pérdida, la crisis perinatal amplifica los conflictos que el sistema tenía pendientes. En estos casos, la fragilidad de la mujer se vuelve una denuncia silenciosa de la falta de sostén.
Esta vulnerabilidad permea inevitablemente el vínculo de pareja, que debe abandonar la estabilidad anterior para adaptarse a un tercero. El hijo actúa aquí como una “prueba de fuego” que no destruye, sino que revela la solidez o los vacíos de la estructura relacional.
Sin embargo, el sistema familiar posee una capacidad extraordinaria de reorganización. La resiliencia materna no es la ausencia de dolor, sino la posibilidad de construir un nuevo sentido desde él. Ninguna madre se transforma sola: necesita una pareja que también se reconfigure, una familia que sostenga sin invadir y una sociedad que acompañe sin juzgar. La matrescencia no termina cuando llega el bebé a casa; culmina cuando la mujer logra integrar quién era con quién es ahora.
Acompañar esta transición es uno de los actos más profundos que un sistema familiar y de salud puede ofrecer. Al sostener la vulnerabilidad de la madre, no solo se protege a una mujer, sino que se asegura la salud vincular de las generaciones por venir.
Elaborado por: Christel J. Romo González, Psicóloga Perinatal y Terapeuta Familiar Sistémica Especialista en Intervención en Unidades de Cuidados Intensivos Neonatales (UCIN).
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