El consultorio como espejo del mundo
Hace poco una consultante me dijo algo que no he podido soltar: sentía que había dejado de existir fuera del trabajo. Ya no se reconocía como estudiante, hija o pareja; solo como alguien que tenía que hacer todo lo posible por sostenerse, sobrevivir económicamente y no quedarse atrás ante un mundo que pareciera no detenerse nunca.
Desde entonces, no he podido dejar de pensar en cómo el consultorio se ha convertido también en un reflejo del momento histórico que vivimos.
Hay algo que quienes trabajamos acompañando historias humanas aprendemos pronto: el consultorio no está fuera del mundo, está hecho de él. En los últimos años, lo que llega a sesión parece haberse complejizado. No porque el sufrimiento humano sea nuevo (nunca lo fue) sino por la cantidad de factores que hoy atraviesan al mismo tiempo. Personas que trabajan en espacios donde la violencia laboral es parte de la cotidianidad y otras migrando con el deseo de encontrar mejores oportunidades y habitando ciudades que no terminan de recibirlas. Mujeres sosteniendo silenciosamente múltiples formas de violencia mientras el entorno les exige seguir funcionando como si nada ocurriera.
Esta reflexión nace de ahí. No solo de la teoría, sino del asombro ante todo lo que hoy visita el consultorio y de la pregunta que inevitablemente aparece: ¿Qué se nos está pidiendo como psicólogas y psicólogos en este momento histórico?
Thomas Szasz, en El mito de la psicoterapia (1978), plantea una idea provocadora: que psicólogos y psiquiatras comparten cierta función histórica con fi guras como sacerdotes o chamanes, en tanto ocupan un lugar al que las personas acuden buscando alivio, orientación o sentido. y aunque no coincido del todo con su postura, hay algo incómodo en ella que me parece vigente: el riesgo de colocar al terapeuta en una posición donde pareciera que debería saber cómo vivir, como resolver o cómo sostenerlo todo.
Sin embargo, sostenernos en ese lugar de omnipresencia y omnipotencia termina siendo peligro tanto para quienes consultan como para quienes acompañamos. No solo porque es imposible, sino porque invisibiliza algo fundamental: quienes ejercemos este oficio también habitamos el mismo contexto histórico que atraviesa a las personas que llegan a consulta.
Y quizá una de las mayores tensiones del ejercicio clínico actual está ahí: mientras más nos preparamos, más evidente se vuelve todo aquello que excede nuestras posibilidades individuales. El malestar que llega al consultorio no nace únicamente de la historia personal; también está atravesado por precariedad, violencia, desigualdad, aislamiento, hiperproductividad y exigencias sociales cada vez más difíciles de sostener.
Esto implica reconocer que el bienestar no puede entenderse únicamente como una tarea individual, sino aquella que también se construye en la calidad de los vínculos, en las redes disponibles y en las condiciones materiales que permiten sostener la vida.
Desde ahí, el papel del psicólogo requiere una reorientación, no como el custodio central de la salud mental ajena, sino como alguien que contribuye a construir redes de apoyo, espacios de escucha y vínculos que no dependan únicamente de una sola persona para existir. Porque cuando toda la responsabilidad de sostener recae sobre un único vínculo (la pareja, el terapeuta, la familia o incluso uno mismo) el sistema inevitablemente se fragiliza.
A veces pareciera que quienes acompañamos tendríamos que saber sostenerlo todo solos. Sin embargo, la práctica clínica también puede convertirse en un espacio profundamente solitario. Escuchar constantemente historias atravesadas por violencia, abandono, duelo o desesperanza inevitablemente nos impacta, y en un contexto donde los casos se vuelven cada vez más complejos, construir comunidad entre colegas deja de ser algo accesorio para convertirse en una necesidad ética y emocional.
Tal vez ahí radica una dimensión política de nuestro trabajo, el reconocer los límites propios y comprender que muchas transformaciones necesitan ocurrir también fuera del consultorio.
No por que eso resuelva por completo las estructuras de fondo, sino porque modifi ca la manera en que las personas pueden habitarlas. Y quizá, en un contexto social que constantemente empuja hacia el cansancio, el aislamiento y la desesperanza, seguir apostando por el vínculo, la comunidad y la posibilidad de construir algo distinto también sea una forma de resistencia.
Celebrar el Día del Psicólogo, entonces, quizá no implica reconocer una figura heroica o alguien que cuenta con todas las respuestas. Tal vez implica algo mucho más humano: reconocer a quienes, aún habitando este mismo mundo imperfecto, eligen seguir acompañando el dolor de otros desde la escucha, la honestidad y el vínculo.
Artículo elaborado por: Ximena Ochoa Villalobos
Referencias:
● Szasz, T. (1978). El mito de la psicoterapia. Fontamara
No Comments