Mi experiencia en mi formación en traumaterapia infantil con Jorge Barudy, Maryorie Dantagnan y la Red Apega
Por: Víctor Manuel Baltazar
Comparto aquí mi experiencia personal en el diplomado que codirigen Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan que concluyo a inicios de este año.
Tratar nuestro probable historial traumático como terapeutas es fundamental para poder acompañar desde la perspectiva sistémica los procesos de recuperación psicotraumática de nuestros consultantes, situando el abordaje para aliviar el dolor psíquico desde una aproximación comprensiva, respetuosa y empática. Esto es trabajar desde el paradigma de los buenos tratos, en los procesos de reconfiguración relacional de niños, adolescentes y sus figuras parentales. Este posicionamiento lo adopte en el Diplomado en Traumaterapia Sistémica Infantil y Adolescente, impartido desde una perspectiva sistémica por los expertos de la Red Apega
Sabía que Jorge Barudy había estado en México años atrás, invitado por Crisol para impartir un Practicum, pero lamentablemente me enteré a destiempo y perdí esa oportunidad. Sin embargo, una nueva posibilidad se abrió en mi camino cuando, divagando casualmente por la red, vi la convocatoria para la inscripción al Diplomado en Traumaterapia Sistémica Aplicada a Niños/as, Jóvenes y Adultos/as.
Cumplí con los requisitos de postulación, que incluían la redacción de una carta de motivación para entrar al diplomado y un texto sobre mi pasado infantil. Esto último ya lo había trabajado previamente a través de biografías creativas con intencionalidad terapéutica. Dichas experiencias me permitieron comprender que crecí disociado durante una parte significativa de mi infancia, por razones que no es pertinente compartir en este texto.
Mi motivación para realizar esta formación fue doble: por un lado, personal, como una forma de seguir profundizando en mi proceso de recuperación traumática primaria; y por otro, profesional, con el objetivo de especializarme aún más como traumaterapeuta del desarrollo.
Desde el inicio del diplomado confirmé lo que ya sabía sobre la calidez y complejidad teórica de Jorge Barudy, ahora en su faceta docente en mi experiencia, así como de su socia y compañera Maryorie Dantagnan y de todo su equipo. Lo que no esperaba era la fraternidad de alto nivel humano que se generó con mis compañeras y compañeros de formación. Al conocernos en persona, se produjo una conexión profunda, marcada por la pasión con la que cada quien vive su vida y su trabajo, por su alta competencia profesional y, también, por su alegría, su humor y su espíritu colaborativo.
La formación combinó clases asincrónicas y sincrónicas en línea, además de dos jornadas intensivas presenciales en Viña del Mar, Chile . En cada módulo se proporcionó una gran cantidad de documentos, textos, investigaciones y presentaciones actualizadas, suficientes para sustentar sólidamente un buen postgrado.
Desde mi perspectiva, lo más valioso de la formación fue la calidez humana que se vive a lo largo de todo el proceso, tanto por parte del cuerpo docente como de las compañeras y compañeros provenientes de diversos países latinoamericanos. En mi generación, por cierto la décima en latinoamérica, participaron colegas de Chile, Argentina -Paraguay, Perú, Colombia-, República Dominicana y México, conformando una tribu cálida y solidaria, en coherencia con un humanismo compasivo donde la ternura es parte esencial del aprendizaje. Este clima genera un sentido de comunidad reparador, tanto de nuestras propias historias personales que tiene su correlato como terapeutas, así como en la adquisición de herramientas teóricas y prácticas.
Por el contrario, cuando las experiencias traumáticas impactan nuestras estructuras cerebrales, se generan procesos disociativos y estados prementalizadores que dificultan pensar funcionalmente la realidad, favoreciendo conflictos por desregulación relacional. Los buenos y los malos tratos tienen su correlato en el cuerpo, tal como lo explican la teoría del apego y la teoría polivagal. Un cuerpo que se siente seguro y relajado puede conectar socialmente; en cambio, cuando está afectado por traumas del desarrollo, puede desregularse con facilidad y activar respuestas de lucha, huida o desconexión.
Un cerebro bien integrado, producto de experiencias relacionales consistentes y vínculos protectores seguros, estimula el desarrollo, la curiosidad, la conexión social y altos niveles de mentalización. Por el contrario, el maltrato puede llevarnos a vivir crónicamente en estados corporales de ansiedad, alerta o desconexión. El buen trato genera mentes corporizadas funcionales; la violencia, en cambio, produce malestar físico y psíquico persistente. Como diría Bessel van der Kolk, el cuerpo lleva la cuenta
El maltrato deja una constelación traumática que suele transmitirse de una generación a otra, aunque también puede repararse mediante procesos terapéuticos y también a través de los buenos tratos reiterados en la familia y comunidad.
Ese joven chileno llamado Jorge Barudy, que fue preso y torturado a los 24 años en septiembre de 1973, y que se entregó en cuerpo y alma a sus compañeros de dolor en cautiverio, se dedicó posteriormente, ya en el exilio, a acompañar a personas desterradas por víctimas de tortura por violencia política. Más tarde, orientó su trabajo hacia niños, niñas, adolescentes y sus familias que han vivido malos tratos y traumas en sus diversas expresiones. Su legado para aliviar los sufrimientos por violencia en vida se ha multiplicado a través de su equipo de trabajo y de todas las personas que nos hemos formado con él y con la Red Apega.
En conclusión, trabajar en red, convivir en comunidad, ser parte de colectivos desde una mirada empática y comprensiva, es una forma potente de protección y alivio frente a estos tiempos de incertidumbre que nos esta tocando vivir.
De corazón, gracias Jorge Barudy, gracias a la Red Apega, y gracias a Javier Vicencio, chileno y cercano a Jorge Barudy.
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