La salud mental sigue siendo un control, antes con uniformes y hoy con diagnósticos que “normalizan” la productividad
Recomendación de libros
“Leer es resistir porque al leer nos hacemos preguntas.”
Alberto Manguel, Una historia de la lectura
“Nadie me verá llorar” de Cristina Rivera Garza es un libro ambientado en el México de 1920, tras la Revolución, el aire huele a pólvora y promesas rotas, reflejando un país fracturado entre modernidad y jerarquías rígidas. El manicomio La Castañeda promete cuidado, pero encierra y silencia. La salud mental, reducida a cordura o locura, castiga a quienes desafían el orden, como lo hace Matilda Burgos. Marcada por la pobreza y explotación, su fuerza la lleva a ser etiquetada “loca”. “Aquí todos dicen que están locos porque el mundo dice que están locos” (p. 47) una frase que desnuda esa condena externa.
Matilda trasciende, convirtiéndose en un grito de los marginados: “No soy un caso, soy un grito que no cabe en sus expedientes”. Representa a las mujeres silenciadas, los pobres, los enfermos mentales, arrojados al borde por un sistema opresivo. Su vida se teje entre el abandono, el abuso, el burdel, el encierro— encarna violencias cruzadas.
“Matilda no sabía si era ella la que recordaba o si eran los recuerdos los que la estaban inventando” (p. 123) dibuja su identidad frágil pero digna, un testimonio contra el olvido.
Joaquín Buitrago, fotógrafo adicto, busca capturarla. “La miraba como si al mirarla pudiera entender algo, cualquier cosa del mundo” (p. 89) cada frase va revelando su anhelo y su impotencia. Sus fotos, que “no hablan, pero a veces gritan” (p. 165), intentan eternizarla, pero no la salvan. Él encarna la tensión entre el archivo frío y la vida que resiste, una mirada que cosifica sin liberar.
La narrativa fragmentada de Rivera Garza refleja la mente de Matilda y desafía la historia oficial. Hoy, la salud mental sigue siendo control: antes con uniformes, hoy con diagnósticos que “normalizan” para la productividad. Sin embargo, las redes amplifican voces disidentes, como la de Matilda: “Nadie me verá llorar, pero todos oirán mi silencio” (p. 201).
Los dos personajes de la novela reflejan un sistema disfuncional. Ella, parte de una familia y sociedad que la desechan, lleva las heridas del abandono y el abuso, su “locura” como respuesta a un entorno opresivo. Joaquín, atrapado en su rol de observador, perpetúa la dinámica al capturarla sin sanarla. La Castañeda, como institución, regula la disidencia, mostrando cómo los sistemas definen la salud mental para mantener el orden, un eco que resuena en el control actual.
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