La adolescencia en crisis: autolesión, consumo y el papel de la familia como red de contención
Por Mtra. Arcelia Arias
“La adolescencia de un miembro de la familia incita a los padres a revivir las luchas y fantasías que tuvieron de adolescentes, cuestiona sus valores, disocia las pautas familiares aceptadas, toma como obsoletas las reglas habituales, desafía y pone en descubierto los roles usuales, hace añicos las metas soñadas por los progenitores” (Pittman, 1990).
La adolescencia es una etapa compleja y desafiante no solo para quienes la atraviesan, sino también para sus familias. Es un momento en el que pueden emerger conductas que preocupan, angustian y confunden a los padres: consumo de drogas, ausencias del hogar, conductas sexuales precoces, autolesiones y bajo rendimiento escolar. Estas manifestaciones, lejos de ser simples actos de rebeldía, reflejan profundos malestares emocionales y familiares.
Adolescencia, individuación y conflicto
Luigi Cancrini, en su obra La Caja de Pandora (1996), explica que muchas de estas conductas pueden ser leídas como provocaciones inconscientes del adolescente en su proceso de individuación, apoyadas o reforzadas, en ocasiones, por uno o ambos padres. Este proceso pone en evidencia las dificultades parentales para reestructurar su rol frente a un hijo que ya no es un niño y que busca autonomía.
Más allá de la superficie de estas conductas, Cancrini identifica que algunas de ellas están relacionadas con historias de la familia complejas que requieren ser atendidas con profundidad y sensibilidad. En este sentido, se entiende que el consumo de sustancias y la autolesión pueden convertirse en intentos desesperados del joven por regular un sufrimiento emocional vivido como intolerable.
Autolesión: dolor emocional convertido en acto
Expertos como Alderman (1997) han conceptualizado la autolesión como un mecanismo de supervivencia ante el dolor psíquico insoportable. Aunque puede parecer contradictorio, muchas veces el joven prefiere sentir dolor físico antes que enfrentar el vacío emocional. Este acto representa una tentativa ineficaz de autocuración frente a emociones que no pueden ser pensadas ni expresadas.
En palabras de Janin (2009), estas conductas representan “emociones fuertes”, manifestaciones del deseo inconsciente de romper con el estado de apatía y volver a sentir algo, lo que sea, incluso dolor.
Terapia familiar: escucha, contención y resignificación
La terapia familiar emerge como una alternativa diagnóstica y terapéutica fundamental en el abordaje del sufrimiento adolescente. El consumo de sustancias, por ejemplo, puede entenderse como una forma de controlar los niveles de angustia. La droga, en estos casos, no es solo una sustancia, sino un elemento simbólico dentro del entramado familiar: permite experimentar placer, evitar el dolor y dar sentido —aunque sea de forma destructiva— a vivencias internas que no han sido elaboradas.
Cuando se mantiene en el tiempo, el consumo suele estar vinculado a un rol dentro del sistema familiar. Por ello, la intervención terapéutica no puede limitarse al adolescente: requiere involucrar activamente a los padres, cuidadores y otros actores significativos.
La presencia de una red familiar contenedora, que escuche y dé respuesta a las crisis del joven, puede ser suficiente para evitar la cristalización de una adicción o un trastorno de personalidad (Janin, 2009).
Hacia una perspectiva multidimensional
En los últimos años, los programas terapéuticos han ampliado su enfoque. Ya no basta con intervenir exclusivamente en el contexto familiar. Se hace necesario incluir los grupos de pares, la escuela y otros espacios sociales donde el adolescente se vincula. Esta perspectiva multidimensional reconoce que el entorno también puede funcionar como factor de protección o de riesgo.
Diversos estudios han demostrado que la participación activa de la familia mejora significativamente la retención del adolescente en tratamiento. Además, permite trabajar no solo en la reducción de síntomas, sino también en objetivos más amplios como el desarrollo personal, la regulación emocional y la construcción de una identidad sana.
Para concluir, el sufrimiento adolescente no debe ser interpretado únicamente como rebeldía o patología. Es, muchas veces, una forma de comunicación desesperada. En este contexto, es necesario preguntarse, ¿de qué habla la autolesión y el consumo de sustancias para el adolescente y su familia?
La terapia familiar, al reconocer el lugar que ocupan estas conductas en el sistema relacional, ofrece una vía de intervención profunda y transformadora. Se convierte en una invitación a las familias para resignificar su función, crear nuevos modos de estar juntos y construir, desde el vínculo, nuevas posibilidades de vida.
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