En la adopción, la seguridad es medio de sanación
Por: Mtra. Norma Rodríguez Orozco
Existen familias cuyas historias se gestan mucho antes de que sus miembros se encuentren. En el camino de la adopción, existen dos rutas que se intersectan; una, en la que habita una historia de pérdida y otra que cuenta una de deseo. Cada niño, niña o adolescente que se adopta trae consigo experiencias adversas marcadas por rupturas tempranas, separaciones, institucionalización, cambios de cuidadores; pudiendo además haber sido víctimas de diversas formas de violencia, maltrato, negligencia de cuidado y deprivación afectiva. Y aunque esas experiencias no anulan la necesidad de apego, dada su naturaleza neurobiológica, sí pueden alterar la forma en que se busca y se teme.
Como terapeuta familiar que trabaja a favor de las infancias en estas circunstancias he sido testigo de lo que implica para los adoptantes entender y asumir los efectos del trauma en la mente y cuerpo de la niña(o) que adoptan, a fin de brindar un cuidado que construya un apego seguro.
Un cuidado que es hilado fino, de presencia paciente y constante, que construye seguridad en la relación y cuyo mensaje central es “estoy aquí y no me iré”, incluso cuando la desconfianza se manifiesta como rechazo. El niño herido no pone a prueba a los adultos por capricho, sino por miedo. La desconfianza es una forma de protección aprendida.
En el trabajo con familias por adopción, la tarea es reconocer heridas y el dolor que expresan a través de conductas que, a los adoptantes, les parecen disruptivas pero que a los niñes les permitieron sobrevivir. Entender que detrás de la rabia, el control o la evitación, o incluso la complacencia exacerbada, hay un esfuerzo por mantener la coherencia psíquica frente a un mundo que alguna vez fue impredecible.
Nuestro rol como terapeutas es acompañar a los padres y las madres a no personalizar el miedo y a ofrecer co-regulación cuando el niño no puede hacerlo solo. Ayudar a los adoptantes a desarrollar capacidades para la mentalización y la co-regulación es fundamental; teniendo a la narrativa y las artes expresivas como medios para dar coherencia y sentido a las rutas de trauma que se intersectan en la adopción.
Uno de los momentos más delicados en este proceso es cuando aparece lo que los adoptantes denominan “la historia antes de nosotros”. Muchas madres y padres adoptivos sienten temor de hablar de ella, como si nombrar los origenes de su hijo o hija pudiera debilitar el vínculo. En realidad, ocurre lo contrario: integrar la historia preadoptiva fortalece la seguridad, porque el niño percibe que no necesita borrar su origen para pertenecer. La narrativa familiar se vuelve entonces un espacio donde la historia completa puede existir sin vergüenza ni silencio. En aceptación plena. Es un lugar donde, en palabras de una adolescente en consulta, “está bien ser como soy y de donde vengo”.
Con el tiempo, el trauma puede transformarse en una forma de sabiduría vincular: padres/madres e hijes aprenden a leer las huellas del miedo y a convertirlas en oportunidades de encuentro que construyen seguridad relacional. Sea porque se restituye lo que faltó o porque se sane lo que hirió.
En cada proceso así, hay también una transformación en los adultos: la adopción enseña que el apego no siempre se siente natural, pero puede construirse. Cuando se logra que el trauma y la pertenencia coexistan, la historia deja de dividir y comienza a tejer un vínculo que, aunque tuvo un inicio difícil, se vuelve finalmente un lugar al que ambos —padres/madres e hijes— pueden llamar hogar.
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