¿Cómo se ve el futuro? Salud mental en adolescentes y jóvenes
Por: Dra. Jimena Ramírez Peris
Todos recordamos la adolescencia como un periodo de cambios, maduración, conflictos y dudas. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2024), uno de cada siete jóvenes entre los 10 y 19 años presenta un trastorno mental, y se estima que la incidencia de nuevos casos aumenta un 11.8 % cada año (Liu, 2025).
Las tasas de suicidio también han aumentado, especialmente entre jóvenes. Entre 1990 y 2020, la mortalidad por suicidio en jóvenes mexicanos creció un 198 % (Ortiz-Pérez, 2023). Mientras que en 1980 nos preocupaban causas como la malaria, la influenza o la desnutrición, hoy el suicidio es la tercera causa de muerte en este grupo etario (GBD, 2016).
Al mismo tiempo, nos estamos adentrando en nuevas áreas del conocimiento, que abren caminos por explorar en cuanto al abordaje y tratamiento de los trastornos mentales en esta etapa de la vida. Un ejemplo de ello es el trastorno del espectro autista (TEA). Aunque sigue siendo relativamente poco frecuente con una prevalencia mundial estimada entre 0.6 % y 0.8 % (Halemany 2025) , se ha observado un incremento significativo en los diagnósticos. En países como Estados Unidos, los casos diagnosticados aumentaron hasta un 175 % en la última década (Li, 2022).
Este aumento no parece deberse a un cambio biológico real, sino a modificaciones en los sistemas de clasificación diagnóstica. Por ejemplo, el DSM-5 integró dentro del espectro autista a entidades antes diferenciadas, como el síndrome de Asperger, algunos casos de discapacidad intelectual, y el anteriormente llamado trastorno generalizado del desarrollo no especificado (PDD-NOS). Como resultado, lo que antes eran diagnósticos separados, ahora se agrupan bajo la categoría de TEA, lo que explica el aparente incremento en prevalencia.
Afortunadamente, esta nueva caracterización diagnóstica está permitiendo detectar más casos dentro del espectro y desarrollar nuevas estrategias de intervención. Aunque aún queda mucho por recorrer, se están logrando avances importantes. Por ejemplo, el Instituto Nacional de Psiquiatría ha incorporado recientemente un área especializada en trastornos del neurodesarrollo dentro de sus clínicas de alta especialidad, con el objetivo de generar conocimiento sobre el tratamiento de estos pacientes, particularmente en la edad adulta.
Sin duda, las intervenciones que hagamos durante la adolescencia y la juventud tienen un impacto a largo plazo. No obstante, también es ineludible reconocer el contexto complejo al que se enfrentan los jóvenes hoy en día, un entorno que influye directamente en su salud mental. Los desafíos aumentan, pero también lo hacen los esfuerzos de la psiquiatría y la psicoterapia por responder a estas nuevas demandas con alternativas más eficaces y empáticas.
Me gusta pensar que quizás estamos en la “adolescencia” de la terapia y la salud mental. Al igual que en esa etapa vital, la cercanía entre pares, la autorreflexión y la esperanza pueden ayudarnos a transitarla, y poco a poco, avanzar hacia una adultez más sólida, compasiva y consciente.
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