Adicciones y familia en la actualidad: una mirada desde la perspectiva sistémica
Por: Mtra. Alejandra Cazares
Hablar de adicciones en la actualidad implica mucho más que hablar de una persona que consume una sustancia. Implica hablar de relaciones, vínculos, contextos y de una sociedad que ha cambiado profundamente la manera en que nos relacionamos. Desde la perspectiva sistémica, una adicción no puede comprenderse únicamente como un problema individual, porque la conducta de una persona inevitablemente impacta y transforma al sistema del que forma parte. La familia se preocupa, intenta controlar, protege, se distancia, confronta o niega; y cada una de estas respuestas modifica, a su vez, la manera en que la persona se relaciona con su consumo. Así, lo que inicialmente parece ser el problema de un individuo puede convertirse rápidamente en un problema relacional.
Uno de los principales aportes de la mirada sistémica consiste precisamente en cuestionar la idea de causalidad lineal. No se trata de afirmar que “la familia provoca la adicción”, pero tampoco de asumir que el consumo ocurre completamente aislado de las relaciones. La investigación contemporánea muestra que las relaciones entre parentalidad, funcionamiento familiar y consumo son dinámicas y bidireccionales. Por ejemplo, los patrones coercitivos de interacción entre padres y adolescentes pueden relacionarse posteriormente con mayor consumo de sustancias y conductas problemáticas, mientras que las conductas del adolescente también modifican las respuestas de los padres (Zhang et al., 2024). En otras palabras, no solamente debemos preguntarnos qué le sucede a quien consume, sino también qué sucede entre los miembros de la familia alrededor del consumo.
Este punto resulta especialmente importante durante la adolescencia. Ante el miedo de que sus hijos consuman, muchos padres responden incrementando la vigilancia: revisan teléfonos, restringen amistades, establecen castigos o intentan controlar cada movimiento. Estas respuestas suelen surgir desde el amor y la preocupación, pero pueden generar un ciclo en el que el adolescente percibe mayor control, aumenta el ocultamiento, los padres pierden confianza y, como consecuencia, incrementan todavía más la vigilancia. El problema entonces deja de ser únicamente el consumo y comienza a incluir una dinámica de desconfianza y distanciamiento. La evidencia reciente señala que prácticas como la comunicación, el monitoreo parental adecuado, la presencia emocional y el establecimiento consistente de límites pueden funcionar como factores protectores frente a diferentes conductas de riesgo.
A este escenario se suma un elemento que ha transformado profundamente la experiencia familiar contemporánea: las redes sociales. Instagram, TikTok, YouTube y otras plataformas forman parte actualmente de los espacios donde los adolescentes construyen identidad, buscan reconocimiento, establecen vínculos y encuentran pertenencia. El grupo de pares ya no termina cuando el adolescente llega a casa; continúa a través del teléfono. La investigación ha encontrado asociaciones entre la exposición a contenidos relacionados con alcohol en redes sociales y el consumo de sustancias entre jóvenes, mientras que también se ha documentado cómo las plataformas digitales pueden convertirse en espacios de normalización y promoción de sustancias (Cheng et al., 2024; Fuller et al., 2024).
Desde una perspectiva sistémica, esto significa que debemos ampliar nuestro mapa. Ya no basta con observar al adolescente, a sus padres, a la escuela y a sus amigos. Actualmente necesitamos incorporar el mundo digital como un nuevo contexto relacional. Los algoritmos seleccionan aquello que aparece frente al usuario, amplifican determinados contenidos y pueden crear comunidades digitales en las que ciertas conductas son percibidas como normales, deseables o incluso necesarias para pertenecer. El adolescente puede encontrarse físicamente en su habitación, pero relacionalmente estar conectado con cientos de personas y estímulos externos a su familia.
Esto adquiere todavía mayor relevancia cuando las redes sociales se convierten en una estrategia para regular emociones. La soledad, el rechazo, la ansiedad, el aburrimiento o la inseguridad pueden llevar a una persona a buscar refugio en la conexión digital y, en algunos casos, en el consumo de sustancias. Así, diferentes conductas pueden terminar cumpliendo una función semejante: escapar momentáneamente del malestar, sentirse acompañado, pertenecer o evitar emociones difíciles. La investigación reciente ha encontrado asociaciones entre el uso problemático de redes sociales y síntomas de ansiedad y depresión en adolescentes, lo que obliga a pensar estas conductas no como fenómenos aislados, sino como parte de sistemas de retroalimentación más complejos (Saleem et al., 2024; Fassi et al., 2024).
Por ello, desde la terapia sistémica resulta insuficiente preguntar únicamente cuánto consume una persona o cuánto tiempo pasa en redes sociales. También es necesario explorar qué ocurre antes y después de estas conductas, qué emociones las acompañan, qué función cumplen y cómo responde el sistema familiar. En ocasiones, el consumo puede convertirse en una forma de escapar del conflicto familiar; en otras, puede ser una manera de pertenecer a un grupo; en algunas más, puede funcionar como una estrategia para disminuir temporalmente sentimientos de ansiedad, vacío o soledad. Comprender esta función no significa justificar la conducta, sino identificar dónde puede intervenirse para generar alternativas más saludables.
La familia, por lo tanto, no debe ser entendida únicamente como parte del problema. También puede convertirse en una de las principales fuentes de protección y recuperación. La evidencia reciente sobre intervenciones familiares muestra que involucrar a la familia en el tratamiento puede favorecer tanto la disminución del consumo como la mejoría del funcionamiento familiar, particularmente en adolescentes y adultos jóvenes. Esto resulta congruente con una perspectiva sistémica: cuando se modifican los patrones de interacción, se generan nuevas posibilidades para todos los integrantes del sistema.
Quizá uno de los mayores retos actuales consiste en pasar de una cultura basada exclusivamente en el control a una cultura basada en la conexión. Esto no significa eliminar los límites ni permitir cualquier conducta. Significa comprender que un límite es mucho más efectivo cuando existe un vínculo que lo sostiene. En un mundo en el que los adolescentes pueden recibir constantemente mensajes que normalizan el consumo, la familia necesita convertirse en un espacio donde sea posible hablar de drogas, sexualidad, presión social, redes sociales, ansiedad, fracaso y miedo sin que la primera respuesta sea el juicio o el castigo.
Las adicciones contemporáneas nos obligan, entonces, a mirar más allá de la sustancia. Nos invitan a observar las relaciones, las emociones, las redes sociales, la cultura y los contextos en los que las personas intentan encontrar pertenencia y regulación. Desde la perspectiva sistémica, la pregunta deja de ser exclusivamente “¿cómo conseguimos que deje de consumir?” y se transforma en una pregunta más amplia: ¿qué necesita cambiar en sus relaciones y en su contexto para que pueda desarrollar otras maneras de afrontar el malestar, vincularse y sentirse parte de algo?
La prevención comienza mucho antes de la primera sustancia. Comienza en la calidad de los vínculos, en la posibilidad de hablar sin miedo, en la presencia de los adultos y en la construcción de límites que no rompan la conexión. En una época en la que nuestros jóvenes pueden estar permanentemente conectados a miles de personas a través de una pantalla, quizá uno de los factores protectores más importantes siga siendo algo mucho más sencillo: sentirse profundamente conectado con alguien en la vida real.
Referencias
Cheng, B., Lim, C. C. W., Rutherford, B. N., et al. (2024). A systematic review and meta-analysis of the relationship between youth drinking, self-posting of alcohol use and other social media engagement. Addiction, 119(1), 28–46.
Fassi, L., Thomas, K., Parry, D. A., Leyland-Craggs, A., Ford, T. J., & Orben, A. (2024). Social media use and internalizing symptoms in clinical and community adolescent samples: A systematic review and meta-analysis. JAMA Pediatrics, 178(8), 814–822.
Fuller, A., Vasek, M., Mariconti, E., & Johnson, S. D. (2024). Understanding and preventing the advertisement and sale of illicit drugs to young people through social media: A multidisciplinary scoping review. Drug and Alcohol Review, 43(1), 56–74.
Saleem, N., Young, P., & Yousuf, S. (2024). Exploring the relationship between social media use and symptoms of depression and anxiety among children and adolescents: A systematic narrative review. Cyberpsychology, Behavior, and Social Networking, 27(11), 771–797.
Zhang, J., Hanson, A. N., Piehler, T. F., & Ha, T. (2024). Coercive parent-adolescent interactions predict substance use and antisocial behaviors through early adulthood: A dynamic systems perspective. Research on Child and Adolescent Psychopathology, 52, 141–154.
Binumon, K. V., Ezhumalai, S., Janardhana, N., & Chand, P. K. (2024). Family intervention models for young adults with substance abuse: A systematic review. Indian Journal of Psychological Medicine, 47(4), 326–336.
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