La relevancia del pensamiento sistémico contemporáneo en la atención a los trastornos por el uso de sustancias
Por: Mtro. Juan Antonio Zorrilla
Durante décadas, las adicciones fueron entendidas como un problema ubicado solamente en el individuo: una personalidad vulnerable o una alteración neuroquímica, sin embargo el paradigma sistémico introdujo una pregunta diferente y vigente: ¿qué ocurre alrededor del síntoma y qué relaciones mantiene éste con la familia o pareja y el contexto sociocultural de la persona?
Este giro no significa negar la dimensión neurobiológica o individual de las adicciones. Pretende ampliar a la unidad de observación. Actualmente sabemos, además, que el campo no se limita al alcohol y las drogas. El juego patológico y el trastorno por videojuegos están reconocidos en la ICD-11 como trastornos debidos a comportamientos adictivos, mientras que fenómenos como las compras compulsivas, el comportamiento sexual compulsivo y ciertos usos problemáticos de internet y redes sociales forman parte de un campo clínico en estudio y expansión.
Desde la terapia familiar, Salvador Minuchin nos enseñó a mirar más allá del paciente identificado. Conceptos como límites, jerarquías, subsistemas, coaliciones, triangulación, permiten preguntarnos cómo el síntoma participa en la organización familiar. Así, un consumo problemático puede coexistir con sobreprotección, dificultades de separación o conflictos de pareja desplazados hacia el hijo. Esto no significa que la familia produzca la adicción, sino que determinadas pauta recurrentes familiares participan en los circuitos que la mantienen.
Luigi Cancrini profundizó hacia esta perspectiva en el campo de las toxicomanías al cuestionar la existencia de una única personalidad o familia “del adicto”. Su pensamiento invita a comprender qué función psicológica, evolutiva y relacional cumple el consumo en cada caso particular. La pregunta deja de ser solamente ¿por qué consume? para cambiar a ¿qué intenta resolver mediante el consumo?.
Por su parte, Duncan Stanton y Thomas Todd mostraron la importancia de trabajar directamente con las familias de personas con trastornos por uso d sustancias. Su aporte ayudó a consolidar la idea de que cambiar relaciones, roles y fronteras familiares, forman parte del tratamiento y no son simplemente un complemento para el abordaje individual.
Peter Steinglass sumó al campo de la terapia sistémica al demostrar cómo el alcohol puede convertirse progresivamente en un principio organizador del sistema familiar. Su posterior terapia sistémico-motivacional integró el pensamiento sistémico con la entrevista motivacional y propuso trabajar con la familia como unidad, explorando sus creencias, interacciones y posibilidades de cambio.
Incluso Carl Whitaker, desde una posición simbólico-experiencial, aporta complejidad a la terapia: la adicción no puede comprenderse exclusivamente mediante explicaciones racionales. La experiencia emocional, los vínculos, la espontaneidad, la intimidad y aquello que la familia puede o no experimentar conjuntamente constituyen también el territorio terapéutico. Su énfasis en la relación terapéutica continúa dialogando con la terapia sistémica hoy en día.
La mirada sistémica también resulta de gran utilidad frente a las llamadas adicciones comportamentales. El celular, las apuestas, la pornografía, las compras compulsivas, los videojuegos o las redes sociales no existen en un vacío relacional. Pueden convertirse en refugio frente al conflicto.
Por ello, quizá la gran aportación del pensamiento sistémico sea cambiar la pregunta. No preguntarnos únicamente qué tiene la persona, sino qué función cumple esa conducta, en qué relaciones y contextos ocurre, qué respuestas provoca y qué circuitos contribuyen a mantenerla.
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