Familias multiespecie: reconfiguración de los afectos y pertenencias
Por: Ericka Fosado, Investigadora CRIM-UNAM, Terapeuta sistémica – CRISOL
En el 70% de los hogares en México viven animales compañeros: perros, gatos y una variedad de especies pequeñas que alcanzan una población de 80 millones de individuos.[i] La vida cotidiana la compartimos con otros animales. Esto no es nuevo, pero sí parece haber un viraje en la manera en que pensamos y vivimos estos vínculos, que en ocasiones nos invitan a ampliar lo que entendemos por familia.
Considero que, para captar la riqueza de estas relaciones y lo que significan en términos psicoafectivos y socioculturales, es indispensable partir de un lugar de curiosidad. Durante muchos años las relaciones humano-animal (RHA) que se dan en términos amorosos y de cuidados han sido descalificadas e incluso patologizadas. Desde estas perspectivas se suele señalar que estos vínculos son un reemplazo elaborado por personas que, por falta de capacidad o compromiso, no logran armar lazos primarios con sus pares humanos -amigos, hijos, parejas-.
Hay que precisar que este tipo de planteamientos se basan en evidencia limitada y reproducen una regla afectiva de excepcionalidad humana: el amor legítimo, los cuidados válidos y la pertenencia aceptable sólo pueden darse entre humanos. Los animales son ese Otro al que no se reconoce como sujeto sino como objeto a explotar para cubrir nuestras necesidades.
Sin embargo, los movimientos a favor de los animales, los avances legislativos que reconocen sus derechos, los hallazgos científicos sobre su sintiencia y conciencia (como la Declaración de Cambridge), ofrecen una base para cuestionar estos supuestos. Desde distintos campos de conocimiento especializados en la RHA (como los estudios críticos animales o la antrozoología política) se ha documentado no sólo la complejidad de sus capacidades, sino también su papel en el desarrollo de la sociedad, la economía y la cultura.
En términos de salud mental, investigaciones recientes muestran que los animales compañeros contribuyen al bienestar de las familias por distintas vías. Me centraré en ejemplos de la relación humano-canina, que constituye el foco de mi investigación. Se ha encontrado que, en la infancia, la convivencia con perros favorece el desarrollo socioemocional y la empatía al propiciar conversaciones familiares (Reider et al., 2023). En el caso de niñas y niños con TEA, diversos estudios indican que la presencia de perros puede reducir el estrés parental y fortalecer las habilidades sociales infantiles (Carlisle, 2015). Asimismo, se ha observado que un vínculo de apego con los perros se asocia con menores niveles de ansiedad y depresión (Żebrowska et al., 2024; Victor & Mayer, 2023). Finalmente, en la vejez, los perros destacan como una fuente importante de compañía y apoyo social (Toohey, 2023; Pruchno et al., 2018; Shealy et al., 2024).[ii]
Sin embargo, apenas se ha prestado atención a lo que ganan los animales al compartir su vida con nosotros. Es aquí donde considero que las y los terapeutas sistémicos podemos desatar nuevas conversaciones que nos permitan pasar de estas nociones lineales -¿qué beneficios nos otorgan los animales compañeros?- a miradas más relacionales -¿qué obtienen ellos de estos vínculos?-, e incluso más complejas: ¿qué aprendemos de los entramados familiares multiespecie? ¿cómo captarlos? ¿qué desafíos plantean? ¿qué posibilidades abren?
Las familias multiespecie forman parte de nuestro entramado social de manera cada vez más visible. Discutir sobre su existencia resulta, en cierto sentido, ocioso. Partir de su reconocimiento, en cambio, puede abrir conversaciones más interesantes: ¿qué nos enseñan los animales con quienes convivimos?, ¿qué oportunidades ofrece esa convivencia para imaginar formas de vínculo más lúdicas, íntimas, atentas al cuidado y a la escucha?
Desde la terapia sistémica podemos situar esta reflexión en un marco más amplio, pues sabemos que la familia no es una entidad natural, sino una institución política, económica y cultural y, por lo tanto, se encuentra en constante transformación. A lo largo de la historia, las formas familiares han cambiado en función de las condiciones sociales y de las maneras en que las personas organizan el afecto, la convivencia y el cuidado.
El reconocimiento de las familias multiespecie puede ser parte de ese proceso de cambio.[iii] Este viraje no sólo permite legitimar vínculos que ya existen en la práctica, sino también consolidarlos de manera más reflexiva. Es decir, más allá de nombrarlos como “perrijos”, “canhijos” o “gatijos”, la discusión podría orientarse a reflexionar sobre lo que implica asumir a los animales como parte de la familia: establecer con ellos un compromiso de cuidado que atienda a sus propias necesidades, y no únicamente a las proyecciones afectivas humanas sobre lo que quisiéramos que fueran.
En términos clínicos, abrir esta mirada puede enriquecer nuestras intervenciones al incorporar a los animales compañeros como parte del sistema familiar. Su presencia permite abrir conversaciones significativas y, en ocasiones, disruptoras: ¿qué dice de nuestra familia la manera en que cuidamos de nuestra perra? ¿Qué opinaría nuestro gato del problema de pareja que estamos atravesando? ¿Cómo nos acompañan nuestros animales cuando vivimos una situación difícil? ¿Quién se da cuenta de que están enfermos? ¿Quiénes hacen equipo para cuidarlos? ¿Qué roles se activan alrededor de su cuidado? ¿Qué emociones emergen cuando pensamos en su bienestar o en su posible pérdida? Estas preguntas pueden ayudar a visibilizar formas de organización, cuidado y afecto que a menudo permanecen implícitas en la vida familiar.
Cierro con una invitación: pensar en la familia multiespecie no como un estilo de vida, sino como un proyecto ético, político y afectivo. Un proyecto que implicar reconocer a los animales compañeros como sujetos de un vínculo en el que su bienestar, sus necesidades y su dignidad son tomadas en cuenta. Este paso es necesario para que la familia no se convierta en otro espacio de explotación, en este caso psicoafectiva, sino en un ámbito de convivencia más justo entre especies.
Somos también animales y, siempre hemos convivido con otras especies. Quizá el momento actual nos invite a reconocerlas más explícitamente como parte de nuestras familias. Lejos de simplificar este giro en las relaciones humano-animal, conviene reconocer su potencial: ampliar nuestras capacidades de cuidado y recordarnos que somos una especie más en el entramado de la vida. Desde una mirada sistémica, estos vínculos pueden enriquecer los lazos de pertenencia; y, desde una mirada política, contribuyen a diluir el antropocentrismo y a cuestionar cotidianamente el especismo
Reconocer a los animales como parte de nuestras familias quizá no sólo transforme la idea de familia, sino también la manera en que aprendemos a habitar juntos este planeta.
[i] Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) (2021). Encuesta de Bienestar Autorreportado
[ii] Reider, L. B.; Kim, E.; Mahaffey, E.; LoBue, V. (2023). The impact of companion animals in the home on children’s daily lives: Differences in parent–child conversations and implications for children’s emotional development. -Carlisle, G. K. (2015). Social skills and attachment to dogs in children with autism spectrum disorder. -Żebrowska, M.; Strohmaier, S.; Westgarth, C.; Huttenhower, C.; Eliassen, H. A.; Haghayegh, S.; Huang, T.; Laden, F.; Hart, J.; Rosner, B.; Kawachi, I.; Chavarro, J. E.; Okereke, O. I.; Schernhammer, E. S. (2024). Time and duration of dog walking and chronotype of dog owners in relation to risk of incident depression in nurses. -Victor, S.; Mayer, C. (2023). The role of companion animals during remote work and the COVID-19 pandemic. -Toohey, A. M. (2023). Considering cats, dogs and contradictions: Pets and their relational influence on experiences of ageing in place. -Pruchno, R.; Heid, A. R.; Wilson-Genderson, M. (2018). Successful aging, social support, and companion animal ownership. -Shealy, T. et al. (2024). Dog ownership and well-being in older adults: Physical activity and social interaction pathways.
[iii] En México, un tribunal federal reconoció en 2023 la existencia de las familias multiespecie, en una sentencia emitida por la magistrada Paula María García Villegas.
No Comments