La pérdida ambigua ante la desaparición: un duelo que no se cierra
Por: Dr. Javier Vicencio
En una charla reciente de La Comuna de la Palabra, reflexioné sobre uno de los temas más dolorosos y urgentes en América Latina: la pérdida ambigua, esa forma de duelo marcada por la incertidumbre, donde el dolor no encuentra cierre posible.
A diferencia de las pérdidas tradicionales en las que hay un cuerpo, un ritual y una certeza, la pérdida ambigua deja a los familiares suspendidos entre la esperanza y la desesperación. No hay pruebas de vida, pero tampoco evidencia de muerte. Esta ambigüedad genera un doble vínculo emocional: aceptar la muerte provoca culpa, pero mantener la esperanza impide avanzar.
El concepto fue desarrollado por la psicóloga Pauline Boss, profesora emérita de la Universidad de Minnesota, quien distinguió dos tipos de pérdida ambigua:
- Presencia física con ausencia psicológica, como ocurre en casos de demencia o enfermedades neurodegenerativas.
- Ausencia física con presencia psicológica, típica de las desapariciones forzadas o sin resolución.
En ambos casos, quienes permanecen deben aprender a convivir con una presencia incompleta. Este duelo no sigue un proceso “natural” de resolución: es un duelo suspendido, a veces interminable. Para las familias de personas desaparecidas, la herida sigue abierta hasta hallar una mínima prueba que confirme lo ocurrido. “Muchas familias buscan incluso fragmentos de huesos”, señalé, “porque necesitan algo tangible que les permita afirmar que su ser querido existió y que su ausencia tiene una historia”.
El eco latinoamericano del duelo inconcluso
En América Latina, la pérdida ambigua tiene raíces profundas. Durante las dictaduras de Chile y Argentina, miles de personas fueron desaparecidas. En Chile, se registraron cerca de 1,500 casos, de los cuales solo unos 300 fueron reconocidos oficialmente durante décadas. Aún hoy, más de mil familias siguen esperando respuestas.
Esa falta de verdad convierte la desaparición en un duelo nacional que no se cierra. Nuestros pueblos viven fracturados entre la memoria y el silencio.
En México, aunque las causas actuales están ligadas principalmente a la violencia del crimen organizado, el dolor y la incertidumbre son los mismos. Las familias no solo enfrentan la desaparición, sino el temor constante de perder a otro ser querido.
El acompañamiento terapéutico y la resiliencia familiar
En el trabajo terapéutico, es crucial reconocer a la persona más afectada dentro del núcleo familiar, usualmente la madre, quien carga con el mayor peso emocional y el miedo persistente a nuevas pérdidas.
El acompañamiento psicológico busca aliviar el dolor y fortalecer los vínculos familiares y comunitarios. Implica crear espacios para expresar el sufrimiento, reconstruir redes de apoyo y promover la resiliencia, entendida no como simple resistencia, sino como la capacidad de transformar el dolor en acción y sentido.
En este proceso surgen los llamados tutores de resiliencia: personas que acompañan, sostienen y ayudan a transformar el trauma en aprendizaje y en una nueva manera de estar en el mundo.
Del dolor a la transformación
Aunque el trauma deja huellas profundas, incluso corporales, puede también convertirse en una fuerza transformadora cuando existe acompañamiento emocional y comunitario. Las familias pueden pasar de la parálisis del dolor a la búsqueda activa de verdad, justicia y memoria.
Los colectivos de búsqueda en México son un ejemplo de resiliencia colectiva: mujeres que han convertido la pérdida en acción y que hoy representan la voz de quienes ya no pueden hablar.
Desde CRISOL, nuestra misión es acompañar y sostener a personas y familias afectadas por desapariciones o pérdidas traumáticas, a través de programas terapéuticos, redes de apoyo y espacios de escucha empática.
El duelo por desaparición tal vez nunca se cierre del todo, pero puede transformarse en una experiencia que sin dejar de doler inspire solidaridad, memoria y esperanza.
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