Lo que me hubiera gustado saber antes de amar por primera vez
Por Psic. Gema Santiago Chávez
Fui adolescente, soy madre y acompaño a personas en terapia desde hace más de 15 años. He amado y me han amado chueco, retorcido, ligero, intenso, bonito. Dejé pasar amores y otros me pasaron por encima. Como a muchos, me hubiera gustado saber que no todo lo que duele es amor. Que los celos no son una muestra de cariño, y que perderme en el otro no era romántico, sino una forma de alejarme de mí misma.
Hoy, como terapeuta, escucho historias de pareja que se remontan al primer amor o a los vínculos adolescentes: relaciones marcadas por la intensidad, el miedo a perder al otro, el control disfrazado de cuidado, y rupturas que aún duelen años después. Cuando se ama por primera vez, no siempre se tiene claro qué es el amor sano. Muchas y muchos adolescentes no lo saben, porque nadie se los dijo, o nunca lo vieron en casa.
Lo que aprendemos sobre el amor suele surgir de lo que vemos, escuchamos o callamos. Aprendemos a vincularnos desde lo que nos rodea, y así comenzamos a construir nuestros primeros apegos. Desde la terapia familiar sistémica, sabemos que las dinámicas relacionales que se viven en el hogar influyen profundamente en la forma en que los adolescentes aprenden a amar (Minuchin, 1977). Si lo que han visto es distancia emocional, silencios dolorosos o violencia normalizada, es probable que repliquen esos patrones en sus primeras relaciones… y quizás en las siguientes también.
El problema no es amar siendo jóvenes, sino hacerlo sin acompañamiento emocional. Las y los adolescentes viven sus primeros vínculos de pareja con el cuerpo, la mente y el corazón en transformación. Sienten con intensidad, viven emociones desconocidas, a veces contradictorias. Y cuando estas relaciones terminan, pueden experimentar rupturas que se sienten como el fin del mundo. La falta de validación emocional “ya se te pasará”, “es una tontería” solo agrava la experiencia.
Desde la mirada narrativa, lo que no se nombra no desaparece, pero sí puede quedarse sin sentido ni contención. Nombrar lo vivido, encontrar nuevas formas de contarlo, permite resignificar y sanar (White & Epston, 1993). Las narrativas terapéuticas ofrecen otras posibilidades para comprender el amor, el dolor, los límites y el deseo (Freedman & Combs, 2008).
Si eres adolescente, mereces saber que el amor no debe doler, que puedes poner límites, que no necesitas dejar de ser tú para que alguien se quede. Y si eres madre, padre o adulto que acompaña, acércate sin juicio, escucha sin minimizar, habla sin imponer.
Sembrar hoy la idea de que merecemos relaciones donde se respire paz, cuidado y dignidad, es apostar por adultos más conscientes y por amores más sanos.
Bibliografía
- Freedman, J., & Combs, G. (2008). Narrativas terapéuticas: Introducción a la terapia narrativa. Gedisa.
- Minuchin, S. (1977). Familias y terapia familiar. Gedisa.
- White, M., & Epston, D. (1993). Medios narrativos para fines terapéuticos. Paidós.
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